AGUA SI ORO NO: El tiro de gracia al gobierno del PRM

 


Por: César Rodríguez

 

En política, los gobiernos rara vez caen por un solo error. Se desgastan lentamente, erosionados por decisiones desacertadas, escándalos acumulados y una desconexión progresiva con el sentir popular. Sin embargo, llega un momento en que un hecho específico actúa como detonante final, como el punto de quiebre. Hoy, en la República Dominicana, todo parece indicar que la crisis generada por la minería en San Juan de la Maguana podría convertirse en ese “tiro de gracia” para el gobierno del Partido Revolucionario Moderno (PRM) de cara a los comicios de 2028.

 

El PRM no llega a esta coyuntura en condiciones óptimas. Muy por el contrario, arriba con una acumulación de cuestionamientos que han minado su credibilidad pública, una que va desde denuncias de corrupción administrativa, graves situaciones en instituciones clave como el sistema de salud, señalamientos, sometimientos y extradiciones por vínculos de actores políticos con estructuras del narcotráfico y una gestión económica que evidencia desequilibrios preocupantes.

 

El modelo de manejo estatal ha sido objeto de críticas por una combinación peligrosa que expone baja inversión pública en áreas estratégicas, incremento sostenido del gasto corriente, crecimiento desproporcionado de la nómina estatal y un endeudamiento que muchos economistas consideran insostenible en el mediano plazo. Este cóctel erosiona la confianza ciudadana y proyecta la imagen de un gobierno que administra más para sostenerse que para transformar.

 

En ese contexto, cualquier crisis adicional no solo suma, sino que multiplica el desgaste.

 

La provincia de San Juan de la Maguana no es un territorio cualquiera. Es el llamado “granero del sur”, una región cuya economía descansa fundamentalmente en la agricultura y la producción de alimentos para la República Dominicana el país.

 

Precisamente por esa vocación agrícola, la población ha reaccionado con firmeza ante los proyectos de explotación minera en la zona, particularmente en áreas cercanas a la Cordillera Central. En los últimos días, el país ha sido testigo de un estallido social significativo: protestas multitudinarias, huelgas, movilización de la diáspora y un rechazo casi unánime bajo una consigna que ya se ha convertido en símbolo nacional: “Agua sí, oro no”.

 

Las manifestaciones no han sido aisladas ni marginales. Han reunido a ciudadanos de distintas provincias, sectores sociales y hasta autoridades locales, evidenciando un rechazo transversal.

 

Más aún, la tensión ha escalado a niveles preocupantes, intervenciones policiales con gases lacrimógenos y dispersión de manifestantes reflejan que el conflicto ha dejado de ser ambiental para convertirse en un problema político de alto voltaje.

 

El núcleo del conflicto no es simplemente ideológico; es profundamente material y existencial. Los habitantes de San Juan temen que la explotación minera afecte las cuencas hidrográficas, comprometiendo la producción agrícola y la seguridad alimentaria de la región.

 

No es un temor infundado. La experiencia minera en otras zonas del país, como es el caso de Cotuí, ha estado marcada por controversias ambientales, denuncias de contaminación y conflictos sociales prolongados.

 

En consecuencia, lo que se vive hoy en San Juan no es solo una protesta contra un proyecto, sino una expresión de desconfianza histórica hacia un modelo extractivo percibido como incompatible con la vida rural, la salud y el futuro de las comunidades.

 

Aquí es donde el gobierno del PRM parece haber cometido su error más grave, subestimar el peso simbólico y social del tema.

 

Impulsar o permitir el avance de proyectos mineros en una provincia que se define a sí misma por su vocación agrícola equivale a desafiar directamente la identidad económica y cultural de su gente. Peor aún, hacerlo en medio de un contexto de desconfianza institucional convierte la decisión en una provocación política.

 

El respaldo —explícito o implícito— de sectores mediáticos a la minería ha intensificado la percepción de que existe una alianza entre poder político, intereses económicos y narrativa pública, lo que profundiza el rechazo ciudadano.

 

Lo ocurrido en San Juan ya trascendió lo local. Se ha convertido en un símbolo nacional de resistencia, en un punto de convergencia de múltiples descontentos acumulados.

 

Cuando un gobierno logra unificar en su contra a sectores sociales diversos —campesinos, profesionales, líderes comunitarios, diáspora— no enfrenta simplemente una protesta: enfrenta una narrativa adversa que puede marcar el rumbo electoral.

 

San Juan ha pasado de ser una provincia agrícola a convertirse en un escenario político donde se redefine la relación entre Estado y ciudadanía.

 

Si el PRM no logra reconducir esta crisis, el impacto electoral podría ser devastador. No porque la minería por sí sola determine una elección, sino porque funciona como catalizador de un malestar más amplio.

La historia política demuestra que los gobiernos no caen únicamente por lo que hacen mal, sino por el momento en que la ciudadanía decide que ya no confía en ellos. San Juan podría representar precisamente ese momento.

 

El conflicto minero en San Juan no es un episodio aislado; es el síntoma de una desconexión profunda entre el gobierno y el país real.

 

Cuando un pueblo grita “agua sí, oro no”, no está rechazando solo un proyecto económico: está defendiendo su forma de vida, su identidad y su futuro.

Ignorar esa voz puede tener consecuencias irreversibles.

 

Y en política, hay errores que no se corrigen, simplemente se pagan en las urnas.

 

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